Archivo de 'Liga 2006-2007'

robinho

El partido no defraudó a las exigencias de trinchera, tensión y lucha con dos de las medulares más poderosas del campeonato aniquilándose entre sí. Capello ya decidió desde hace un tiempo morir con su ideario y prefiere el músculo intimidatorio de Diarra y Emerson que el control en corto y la profundidad de periscopio de Guti. Lo suyo es distinto, especial, la historia de un genio siempre bajo sospecha. Al chico no le perdonan que las musas y las ganas a veces sean caprichosas y se tomen el día libre.

Del choque entre los gladiadores Renato-Poulsen vs Diarra y el esplendido trabajo de Emerson quedó para el toque a rebato David Beckham, que ejerció otra vez de lanzador en largo por la ausencia de Guti en la primera mitad. Sin casi nada de juego corto y de despiste, queda el recurso a la espalda y el poderío aéreo y eso le chifla a Capello tanto como el trabajo colectivo. El italiano tendría que rectificar. El arte de Guti, el de su zurda, le daría la vuelta en media hora a un partido que pintaba bastos para los blancos. Esas cosas tiene el talento. Dos ‘naturales’ templados en largo y en corto, a lo José Tomás, metieron a un bravísimo toro en cintura como es este Sevilla de Juande Ramos.

Por el bando sevillista, casi todo el peso del ataque recayó en el extremo Puerta, un misil que hizo tragar quinina a Cicinho y, como no, al exuberante despliegue físico de ’superman’ Alvés, que amargó no sólo a Torres por su radio de acción ilimitado sino también a varios elementos más. Sostuvo un pulso con Robinho del que saltaron más que chispas entre empujones y empellones. Le sobró ansiedad a la hora de la ejecución, pero estamos ante el lateral más aguzado del momento.

El Madrid asustó en el primer acto más a balón parado en sendas faltas salidas de la hebra del inglés Beckham, además de un doble remate a puerta de Raúl y Emerson que puso el Bernabéu como una caldera. El Sevilla, que arranco valiente y con brío, respondió por el poderío de sus alas, con un Puerta enorme que se comió a Cicinho. Y al otro costado, Alvés, que en ausencia de Navas, realizó las labores de un Hércules arriba y abajo, de estajanovista a tiempo completo. La banda derecha para él solito: no le importa. Al público de Chamartín le debió recordar los tiempos de la apoteosis de Roberto Carlos, cuando desde un lateral se dominaba un partido. Eso sí, el ‘correcaminos’ no tiene aquella pegada mortal del brasileño, tampoco sus estampidas rompiendo por sorpresa. A Alves, que también aplica el juego duro, le gusta el balón al pie y que le siga el que pueda.

La remontada al soberbio empalme con la zurda de Maresca llegó de la mano de Guti, al que Capello tuvo que echar mano, como casi siempre. Sus dos regalos de gol hablan de su inteligencia innata y de su clase incuestionable. El primero, largo, soberbio y en profundidad para lanzar a Van Nistelrooy, que salvó en carrera la salida de Palop. El segundo, una obra de inteligencia, suave y medido, como un capotazo de seda que regaló a Robinho para fusilar a Palop.

El Sevilla respondió a los golpes con sendas oportunidades de Alves, pero fue Van Nistelrooy quien mató el partido con el definitivo 3-1 cuando ambos equipos estaban con uno menos. Luego llegó el 3-2, obra de Chevantón, minutos antes del final del partido.

Hay liga?.

Ángel González
El Mundo

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Cuestión de pegada. Festivo triunfo blanco (1-4) con Beckham de lanzador y Van Nistelrooy al remate aprovechando la endeblez rojiblanca.

En un pulso de correcalles, casi festivo -este Madrid, aún embalado, es incapaz de arrancar con autoridad ante casi nadie-, el visitante salió beneficiado de la calamitosa zaga rojiblanca y su buena dosis de pegada. El mayor peso específico de sus futbolistas -Van Nistelrooy, de martillo pilón y Beckham, de ‘quaterback’ lanzador-, hizo el resto a la hora de aprovechar desatenciones a balón parado… y con el balón en juego.

Otro cabezazo de la conexión clásica Beckham-Ramos, -con unos defensores siguiendo el vuelo del balón como hipnotizados- abrió un cómodo paseo que derivó del inicio inestable de siempre a casi un ‘pim pam pum’ con todo bajo control. Más argumentos -ilusión- para luchar por la Liga el día que igualaba su récord histórico de partido ganados fuera de casa. De traca, por tan escasísimo lucimiento.

El endeble grupo de Mané está desequilibrado, aún con peloteros estupendos como Iraola y Aduriz, su defensa es una calamidad… y más cuando su mediocampo invita a la juerga del contrario. No paran ni el autobús: miran más que defienden. Los señalados arriba, sobre todo en el dos ocasiones clarísimas de Aduriz y Etxebe- perdonaron demasiado delante de Casillas. Y este Madrid tiene días que anda contundente en alguno de sus elementos. Alguno saca el mazo y adiós muy buenas.

El recital del trabajador Beckham -lo suyo por San Mamés es amor puro- cobró cuerpo con unas cuantas bananas volantes en serie que cogieron la espalda al somnoliento Amorebieta y al fallón Sarriegui. El inglés -amén de su perfección a balón parado- estuvo a punto de marcar el segundo ¡al peinar! rompiendo por el centro. El colmo, que estrenara su rubio platino con gol de cabeza bajo el eslogan ‘porque yo lo valgo’… La defensa rojiblanca invitaba a ‘barra libre’.

Por San Mamés también andaba suelto -demasiado- Van Nistelrooy, que apretó el gatillo como en sus mejores días para zanjar una cuestión que se presumía mucho más ardua con una estocada definitiva al comienzo de la segunda parte. Un balón suelto, y al saco. Las ilusiones de remontada, enterradas bajos tres goles. El holandés había cobrado su primera pieza en un cabezazo tras un perfecto centro del ‘lateral-extremo’ Cicinho, que volvía tras su larguísima lesión.

El Athletic, que había arrancado mandón y con llegada, se fue diluyendo entres sus perdones… Y en uno llegó el gol de Ramos que abrió la espita del buen juego blanco. Mané, tras el tercer gol, no esperó más y llevó a cabo los cambios para la revolución estéril. Su equipo necesitaba la entrada urgente del ‘tanque’ Urzaiz y del artista Yeste.

Se rehizo el conjunto vasco, pero siguió gafado enfrente de Casillas. Iraola volvió a echar fuera lo que hubiese sido el 1-3. Este, no llegó hasta que Llorente, casi recién salido, encontró un regalo de Yeste en el segundo palo.

Un simple pestañeó le duró la alegría a San Mamés. Efímera. Volcados ya en busca de un imposible, Guti les recetó una contra mortal que puso al público desfilando por los vomitorios. El rubio, lanzado y con ventaja, colocó una sutil vaselina que dejó seco una vez más al tembloroso Aranzubia. A los últimos escarceos de Aduriz y los arreones de Llorente respondió el de siempre: Casillas. El Madrid porfía.

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robinho real madridEn el segundo tiempo, Guti y Beckham empujaron al Real Madrid hacia una victoria imprescindible para que la llama de su esperanza no se extinga. Y que deja al Valencia muy tocado: ha perdido los dos partidos contra uno de sus rivales directos y se queda a tiro del Zaragoza en la cuarta plaza de la clasificación.

Antes del partido, unos y otros admitían que el perdedor mordería el polvo de su eliminación virtual en la carrera por el título de Liga. El Valencia debe ahora asumir su condición de secundario en la carrera y ajustar su horizonte hacia metas más modestas, pero suficientes: jugar la Liga de Campeones el año próximo.

El Real Madrid duerme en la segunda posición de la tabla, a dos puntos del Barcelona y dos de ventaja sobre el Sevilla, tras una exhibición comprimida de todos sus defectos y de todas sus virtudes.

De la calidad que puede exprimirse de su plantilla, cualquiera que sea la formación que perpetre Fabio Capello, a quien le cantan canciones irónicas en su propia casa, surge a veces algo perfecto. Como el gol de Van Nistelrooy.

Desde el inicio de la jugada en área propia hasta el sensacional remate de volea del holandés se apreció exquisitez en cada uno de los 20 toques que trasladaron el balón, en pausado e inteligente zig-zag, hasta hacerlo estallar en gol tremendo y prematuro (m. 17) dentro de la portería del Valencia.

Un paso adelante del Madrid suele anunciar otro par de ellos atrás. No hubo excepción y el axioma se corroboró con la abolición del juego por parte de los blancos y una reacción impotente del Valencia, con un solo recurso para romper la malla madridista: David Silva.

La atonía defensiva madridista, acurrucado a la espera de un contragolpe, se prolongó hasta después del descanso y le dio vida al Valencia, que se dejaba el alma sin ofrecer el brillo intenso de David Villa. Sin embargo, ‘resucitó’ Joaquín. Y en uno de sus brotes de genialidad, desbordó desde la divisoria a Miguel Torres -su único defecto de la noche- y le dio a Morientes, completamente desmarcado, el gol del 1-1.

Como el fútbol es así, pero que muy así, fue desde entonces cuando el Madrid empezó a ganar el decisivo choque. A Capello no le quedó otra que liberar de sus mazmorras a Guti y a Beckham y dar descanso a los refuerzos invernales de Argentina, Gago (que debió haber sido expulsado en la primera parte por doble amarilla) e Higuaín.

El cambio obró maravillas en la conducción e inteligencia del juego del Madrid. Por su parte, el entrenador del Valencia, Quique Sánchez Flores, colaboró en la reacción de su rival sentando a Joaquín, uno de los más inspirados y con la moral por las nubes, pues ve que su fútbol remonta tras largos meses de penuria.

Todos estos ingredientes le dieron al partido un rumbo vivo, emocionante y alocado, hasta que Beckham, en su reaparición tras mes y medio de baja, sentenció. Envió una falta lateral, por su derecha, al área pequeña, donde Sergio Ramos se anticipó a Moretti para remachar ante Cañizares, con un cabezazo, el ejercicio irregular del Real Madrid.

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robinhoDos penaltis dudosos devolvieron al Madrid a la melancolía tras una aceptable actuación donde no mereció la derrota. Quizá desperdició su última oportunidad liguera en una noche donde se pudo por delante y pudo decidir tras el descanso, cuando perdonó Higuaín. El Racing, fiel a sus principios, iguala a puntos con el Atlético y se mete de nuevo en la pelea europea.

En un cuarto de hora todo se le vino abajo al Real Madrid en El Sardinero, derrumbado contra pronóstico cuando amasaba tres puntos y el liderato provisional. Pero terminó desquiciado con dos penaltis dudosos, dos expulsados y Capello persiguiendo a Turienzo Álvarez camino de los vestuarios.

En el minuto 72, con el Racing a punto de presentar la rendición, nada hacía presagiar la debacle. Hasta entonces Cannavaro, cumplidor como nunca, parecía infranqueable. El Madrid, con la eficacia del último mes, se veía vencedor en una noche donde había sufrido menos de lo esperado.

Debió sentenciar tras el descanso Higuaín, que a su insistencia por el costado derecho, añadió una preocupante falta de puntería ante Toño. Sostuvo la bandera del equipo y siempre tuvo una idea para a los cántabros, pero nunca dio con la solución definitiva, ya fuera un centro o un remate.

Sólo el regalo de Garay a la media hora le permitió ceder el gol a Raúl, que remató mal, pero Toño se encargó del resto. Encontraba premio el Madrid pese a que el Racing mereció más, interpretando la misma fórmula, buscando la cabeza de Zigic y los caracoleos de Munitis, inmenso en todos los terrenos.

A pesar de los arreones cántabros, el Madrid fue encontrando el aplomo, primero con Robinho y luego con la velocidad de Higuaín. Dentro del buen tono general destacó por novedoso el partido de Cannavaro, intuitivo y preciso, y decepcionó el debutante Marcelo, preso de los nervios, incapaz de dar una a derechas.

Con seriedad y confianza, sin alardes ni fallos, el Madrid comenzó a gobernar el duelo. Favorecido por los nervios de Cristian Fernández y Garay, antes de la hora de juego debió tumbar al Racing en dos oportunidades donde le faltó instinto demoledor a Higuaín.

Al Racing, fatigado por la firmeza merengue, le costaba encontrar la alegría y Casillas nunca tuvo que emplearse a fondo. Pero un error de concentración de toda la defensa propició el primer penalti, donde Diarra entró con todo y Scaloni engañó a Turienzo.

Capello
pareció conformarse con el empate a pesar de que Garay sacó en boca de gol el último centro de Higuaín, que tuvo que capitular con un esguince de tobillo. Pero entonces se desató la tormenta tras la expulsión de Helguera, el penalti de Cannavaro sobre Zigic y el segundo acierto de Garay desde los 11 metros. Una final paradójico para un equipo que ha ganado partidos con mucho menos de lo visto en Santader.

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La cabeza de la Liga se aprieta. El grupo de Capello ganó 2-0 al Osasuna con goles de Raúl y Robinho. El Barcelona queda a un par de puntos de los blancos. El Sevilla, a uno. Y la ilusión madridista por el título se dispara por mucho que su fútbol insista en ser repelente.

Si los que juegan a ganar salen derrotados y los que inician el partido con la máxima de no perder celebran triunfos, esta Liga es del Madrid. Viene de atrás, con la idea del resultado en la mente, confiando en que la infumabilidad de su fútbol acrecienta sus dividendos. Y es verdad. Fabio Capello y sus atribulados jugadores rozan la gloria en la cuenta atrás del campeonato.

Los puristas del juego mandón, nostálgicos de equipos grandes, dominadores y exquisitos, pierden la partida. Señores críticos, el ‘nada-de-nada táctico-estratégico’ es el futuro de los grandes clubes.

Hubo algún destello de irrealidad en la primera parte de La Castellana. Cierta movilidad de jugadores, de balón al primer toque, de disparos a puerta… Algo de brillo trasnochado y ‘demodée’, protagonizado además por gente como Diarra-Emerson, para escandalizar aún más a los ‘puretas’. Sin Guti y sin Gago, las ‘ovejas negras’ del madridismo arrancaron algún aplauso incluso.

El Madrid dejó de mostrarse superior con 1-0 en el marcador, tras el descanso. No hay que ir a degüello contra Capello. ¡El Osasuna tampoco quería jugar, también apostó por el ‘nada-de-nada’! Con más valor todavía, porque iba perdiendo.

Finalmente, Robinho abrochó el marcador, lo único que importa. Y dejó a los socios del Madrid con la boca amarga por el bocado infecto, pero con una ilusión relanzada hasta el infinito.

No se crea las excusas del Osasuna: cansancio por el partido del jueves, muchos cambios obligados en la titularidad… En realidad, quiso pescar como un equipo grande de los del futuro, o como uno pequeño de toda la vida. Y salió escaldado, se tuvo que rendir ante quien pone en práctica el método todas las jornadas del campeonato. Sin faltar una.

Los destellos madridistas irrumpieron en la primera parte del partido, cuando se desdoblaban Higuaín, un indomable Raúl, Van Nistelrooy… Robinho, en una posición extraña, como por delante de Torres y por detrás de Raúl, robaba más balones que Diarra y Emerson juntos.

Cuatro tiros a puerta y dos paradas de Ricardo en apenas 20 minutos era mucho más de lo esperado por la grada. El gol tardó tres más en llegar, cuando -atención- Diarra envió un balón desde el círculo central al área, lo cabeceó Emerson -casi dos meses después de su huída del Bernabéu- y lo remachó Raúl.

Todo perfecto. Incluso el Madrid no se olvidó de darle a Casillas su ración de heroicidad en una jugada por la izquierda del Osasuna, que remató David López de volea.

El Madrid pudo atar el 2-0 bastante pronto, pero Ricardo, que a veces también se exhibe, lo impidió. Y entonces, llegó la segunda parte, crucial en la tesis del doctor Capello, a la gloria por la infumabilidad.

Una arrancada de Robinho, una combinación casi fortuita y el acertado disparo del brasileño concluyó toda discusión sobre la propiedad de los puntos, justo cuando el Osasuna parecía querer empatar. Ziganda había sacado a Milosevic y a Azpilicueta con ese fin. Y le llegó la puntilla.

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robinho real madrid El Real Madrid aburrió de nuevo a su público con un triunfo tan menor como importante (2-0) ante un Nástic con 10 que pagó el sobresfuerzo.

El grupo de Capello regaló 45 minutos infames a su afición para después espabilar un pelín la modorra ante los valientes del Nástic, condenados a sobrevivir con uno menos desde el arranque -roja directa a César Navas al minuto cinco-. El penúltimo de la cola se las apañó para mover la pelota con aseo, sin prisas, y tener al Bernabéu al borde de la taquicardia y con el dedo en la boca para soltar los pitidos.

El caso es que los blancos deshecharon una buena oportunidad de congraciarse con una parroquia maltratada por tan raquítico fútbol y dar un golpe de autoridad en una Liga abierta. Su candidatura, ni por juego ni no por pegada, es creíble diga la clasificación lo que diga. No hay autoestima ni plan para agarrarse a lo único que queda.

El madridismo sufrió la estampa clásica pre-Camp Nou. Otro día más sin bandas, con una parálisis general en la velocidad de balón y nulos desmarques de ruptura. Colapso total por el centro, previsible hasta el límite de lo obsesivo: estrellarse una y otra vez por el medio. Guti se tomó el día libre y fue Cassano el que demostró en tres o cuatro pases impecables más inteligencia que el resto de su colectivo junto en 45 minutos de asperezas y aburrimiento.

Capello prefirió a Cassano, que realmente fue lo más potable en el primer acto, para después abrir un poquito más el campo con Robinho en la segunda parte. Y aunque el brasileño es alérgico a pegarse al costado, sus bicicletas y manos a manos por el centro ayudaron a insuflar vida a algo en vía muerta. Celebró su gol con un abrazo a Emerson en las mismas barbas de Capello y estrello un balón en el palo tras un estupenda acción personal. También la leve mejoría se produjo sobre todo porque el Nástic notó el bajó físico por el elemento de menos.

Capítulo aparte merece Higuaín, al que le dan ataques de pánico delante del portero. El argentino es capaz de inventar un pase impecable que a la siguiente perpetrar un horror para un jugador de esa categoría. A veces no sabe controlar el balón -ya ni decir de orientar el toque- y elegir la mejor opción en contrataques clarísimos. Como si padeciese de vista nublada. Mandó tres ocasiones como soles al limbo después de rechaces de Bizzarri. El chico parece un juvenil ansioso.

David Cuéllar, una bala por la izquierda, el viejo Pinilla en el mediocentro y el listo Rubén Castro picando en punta mantuvieron a Capello en estado permanente de cabreo. En el alambre, Salgado, Cannavaro, que sigue sin estar, y Helguera. La tropa diezmada de Flores asustó demasiado a Casillas y a un Bernabéu que sigue sin reconciliarse con los de corto. Cuando aprietan, la defensa blanca airea demasiadas ruinas y nada de autoridad.

El segundo acto siguió con el público de mosqueo en mosqueo. Eso sí, el Nástic fue agrietándose por el centro y los blancos amontonaron unas cuantas ocasiones cuando antes parecía una utopía. La cuestión es que el Real Madrid dice estar en la lucha por la Liga. Lo canta la clasificación, no su fútbol: apenas muestra autoridad y pegada para presentar una candidatura creíble.

Ángel González
El Mundo

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