Fabio Capello, seis de julio: sonriente, confiado, ilusionado por hacer que los jugadores del Real Madrid recuperasen “el espíritu de la camiseta blanca”. Capello, mes de diciembre, tras perder con el Recre: “No es posible que esto sea un equipo”. Entre ambas estampas media la efervescente euforia del triunfo sin brillo y la proximidad, más o menos sostenida, del eterno rival.
Casi media Liga después, al italiano no terminan de salirle las cuentas. Había ilusión y complacencia en su presentación. Hace una década llevó con mano de hierro al Madrid al triunfo. Ahora, más necesario aún que en aquel momento, el mecanismo no parece tan bien engrasado para rememorar el éxito. El equipo fluctúa entre la imagen de solidez que muestra a domicilio y la incapacidad para crear fútbol de forma fluida que tanto se nota en el Bernabéu.
El fin justifica los medios en este caso. Y la fórmula funciona si el equipo, más mal que bien, va sacando adelante los partidos. Y eso, no más, es lo que hace el Real Madrid, a grandes rasgos.
Los matices, sin embargo, hablan de mal juego, de debilidad como local y de derrotas sonadas, más por la calidad de las mismas que por la cantidad, bien es cierto. Dos puntos álgidos en este sentido: Lyón y Getafe. En el primero, el dolor fue europeo. Dos goles que pudieron ser muchos más desenmascararon a una zaga cogida con alfileres y a un equipo indispuesto que recibió lo que vulgarmente se viene a llamar ‘meneo’. En Getafe, el desastre ya fue ‘a la española’. Las crónicas hablan de ridículo o de que algunos jugadores se ‘borraron’, entre otras perlas. Todo, a cuenta del orgullo de la camiseta.
Orgullo y garra, cuanto menos, es lo que a falta de diversión ofreció el Madrid desde ese momento. Es cierto que como local, los números fueron alejando a los blancos de Barça y Sevilla. Encima, entre bostezos. Era el peaje de apostar por dos peones en el centro del campo y por sacrificar las bandas en pos del trabajo puro y duro. Pintores de brocha gorda, más que de lienzo fino.
Y en el debe, también la defensa. Por más que se hable de solidez, sólo sobresale Casillas. Un dato: es el segundo portero que más interviene, que más salva, por detrás de Abbondanzieri. Ni Cannavaro, vestido de oro, parece el que fue meses atrás. Y el equipo lo nota, especialmente en aquellos partidos en los que se obligado a remontar y no sabe muy bien cómo.
Y ante el Recre, en el último partido oficial del año, volvió a pasar. “Mucho peor que en Getafe”, reconoció el técnico. Y es que sin un ‘plan B’, el final de este 2006 toca a diana a la épica en la segunda vuelta. Porque el Madrid puede acabar más distanciado que nunca de sus rivales y Capello, entretanto, deberá preocuparse de algo más que de lo de ‘recuperar el espíritu de la camiseta’. A ser posible, también de entretener, aunque ganar sigue siendo lo primero.
Gabriel Morales, El Mundo
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