Pablo Garces



Archivo de 'Champions League'

Real Madrid 3 - Lazio 1

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Una hora de fútbol grande sirvió al Madrid para alcanzar los octavos de la Champions, esta vez con la condición de líder de grupo, algo que se echaba de menos por Chamartín (3-1). Poca resistencia encontró en el Lazio, un equipo que dejó hacer y nunca encontró manera de sujetar el poderío de Baptista y Ramos y la fe de Raúl.

Había cierta tensión en el madridismo, temeroso de un equipo que había perdonado en las dos últimas citas europeas y que se presentaba sin Guti, tan pronto imprescindible como suplente para Schuster. A la media hora, con Baptista a la corneta, había marcado tres goles y había estrellado un balón en la madera.

No quedaba más que hacer, porque el Lazio, a años luz de ese que metía miedo a comienzos de siglo, amagó sin dar. Desperdició un par de balones antes de que Baptista se hiciera un hueco en el rincón izquierdo, saliera hacia afuera y dejase esa impronta de bestia desatada junto al poste de Ballotta.

Fue un zarpazo seco del brasileño, al estilo de sus viejos goles con el Sevilla, un golpe que destruyó a los italianos, insistentes hasta entonces, sobre todo por el lado de Marcelo. Sufrió el pequeño lateral brasileño en esos minutos, único resquicio de una defensa comandada por Pepe y Ramos, pletóricos, sobrados por momentos.

El lateral conquistó el área contraria con determinación y sus subidas abrieron el panorama del Madrid, que por minutos bordó el fútbol con insultante soltura. Raúl encontró la madera y luego la red, con dos cabezazos. También le anularon un gol. Robinho machacó el tercero tras una sutil combinación con Van Nistelrooy, en posición dudosa.

Nada más que hablar. Partido solucionado a la media hora, un hecho insólito en las recientes noches europeas del Bernabéu, con Casillas casi de espectador. No bajaba los brazos el equipo de Schuster y la gente se frotaba los ojos ante la ambición de los suyos.

Tras el descanso aparecieron Robben y Guti, aunque la gente sólo vio al holandés, vigilado en corto por un picadísimo Scaloni. Pudo marcar en un gran zurdazo que desvió Ballotta con unos recursos impropios de su edad. Sin embargo, el ‘14′ recogió los pitos de la gente, que no le perdona nada y aprovechó un par de errores para el ensañamiento.

Bajó los brazos el Madrid en el último cuarto de hora para alivio de Pandev, que dejó buena imagen y un gol con lesión. Se quería adornar demasiado el Real y Casillas debió poner algo de cordura, paró un penalti en el descuento y devolvió el buen sabor de boca al Bernabéu, que ya espera los octavos con algo parecido al optimismo.

El Mundo

Werder Bremen 3 - Real Madrid 2

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Ante el mejor Bayern o el modesto Bremen, nada hay más seguro que el sufrimiento del Madrid en Alemania. Schuster, ese andaluz alemán, vio desde el banco la misma película de siempre, la de un equipo superado por un rival que salió adelante con fe, balones colgados y sudor a raudales (3-2).

No le quedaba otra a un Werder plagado de bajas y con escasas opciones de clasificación. Las iniciales oleadas de buen fútbol del Madrid apenas le hicieron daño. Rápidamente supo imponer el ritmo que le convenía. Convirtió la medular en un peliagudo campo de maniobras para Guti y Gago. Rebañaron todas las pelotas para salir a todo trapo hacia Casillas.

Así sucedió en el primer gol, donde aparecieron las primeras carencias de la defensa visitante. Una llegada por la derecha, un control con el brazo y un remate en semifallo. Suficiente ante las facilidades ofrecidas por Marcelo, Metzelder y Pepe. Unas constantes que se repitieron durante toda la noche. Ante la inferioridad en el centro, la defensa del Madrid pareció siempre al borde de un ataque de nervios.

Fracasaron estrepitosamente Gago y Diarra, el argentino como primer elemento en la distribución y el africano como principal fuerza de choque. No se hicieron valer en la disputa y su equipo se desinfló con ellos. Hubo sin embargo una pequeña tregua con el gol de Robinho, de nuevo intermitente y genial, que movió de su torre a Mertesacker y sacó un gol de la nada.

Entre todas las refriegas, la noche resultaba más que entretenida, con ocasiones de ida y vuelta que confirmaron la lentitud de Van Nistelrooy y la movilidad de los puntas alemanes. Pasada la media hora, tras dos buenas opciones desaprovechadas por Guti, el sueco Rosenberg dio otra lección de pundonor, con una carrera interminable por la derecha culminada por Sanogo ante las facilidades de Gago y Metzelder.

Ahí se le presentaron de golpe y por enésima ocasión todas las dificultades al Madrid, al que le faltó arrojo, juego y acierto puntual. Primero para domesticar con el balón el despliegue físico local, más intenso si cabe en el arranque del segundo tiempo. Y luego para definir alguna ocasión clarísima, como la de Van Nistelrooy, al que se le vio especialmente lento y desafinado.

La pifia del holandés preludió el gol de Hunt, que retrató la descolocación de Marcelo, la lentitud de los centrales y la mala salida de Casillas. En ese momento apareció la goleada en el horizonte. Cada falta lateral o cada contra, basada en dos o tres toques, ponía contra las cuerdas a Casillas.

Sin embargo, los alemanes, que por si quedaban dudas, no eran nada de otro mundo, empezaron a notar el cansancio y el desorden. En esas descontó Van Nistelrooy en una gran vaselina, que todo hay que decirlo.

Con 20 minutos por delante, el empate no parecía descabellado, a pesar de que Higuaín y Robben, ya en acción, no aportaron nada. Con los dos equipos en la reserva, buscando aire y navegando en el caos, el Madrid fue incapaz de crear una sola ocasión más. Ahora deberá exponerse al último esfuerzo ante el Lazio, tras desaprovechar dos buenas opciones a domicilio, en dos plazas alejadas de la aristocracia europea. Y en ninguna de ellas invitó al optimismo.

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El Mundo

Olympiakos 0 - Real Madrid 0

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No llegó el gol en Atenas, pero el Madrid, notable consuelo, dio un paso importante hacia el liderato del grupo, una obsesión en esta Champions (0-0). Pese a su buen fútbol de la segunda parte, se quedó seco ante Nikopolidis, se estrelló ante los postes y sumó su segundo partido consecutivo sin marcar.

Los griegos, con Djordjevic desaparecido y encomendados a las ganas de Galletti, emborronaron la imagen de hace dos semanas en Chamartín. A pesar de la fiebre en las gradas, se comportaron como un perfecto anfitrión ante Casillas, que por primera vez en mucho tiempo, nunca tuvo que emplearse a fondo.

Y es que el Madrid cerró su exigente ciclo de tres salidas con un empate de buen sabor en Grecia, de donde se marcha sin ganar tras siete visitas. Sin embargo, Liga aparte, ha logrado aclarar su panorama en Europa, porque en Atenas mereció ganar, por insistencia, recursos y ocasiones. Mejoró con el paso de la noche, de un gris tono inicial a un torrencial goteo de disparos que tuvo bien ocupado a Nikopolidis.

Las conclusiones deben ser provechosas para Schuster, cada vez más desesperado con los árbitros, especialmente las que provienen de Heinze y Sneijder, las dos novedades en el Georgios Karaiskakis. En estos días donde se insiste en que el peso del equipo cae en la gente de Capello, Heinze y Sneijder brillaron, lo que es noticia. Con aplomo el central argentino, de nuevo pareja del imprevisible Cannavaro y con buenas intenciones el holandés, que dio todo lo que tenía para hacer olvidar a Guti.

No siempre le hizo caso la pelota al holandés, pero es cierto que gran parte del fútbol pasó por sus botas. Dejó el primer regalo en los pies de Van Nistelrooy, que encontró el larguero tras una vaporosa vaselina. Alejado de nuevo de la banda, le costó arrancar tanto como a Gago, pero el equipo ganó en altura gracias a él.

Antes del monólogo, el Madrid vivió en la molicie, con lineas escalonadas en ataque y falta de entendimiento entre sus figuras. Llegó a las ocasiones sin fútbol, con la ya mencionada de Van Nistelrooy, un remate al palo de Diarra y otro de Sneijder. Minutos de mucho ruido y falta de criterio. Gago, con su habitual despliegue físico, esta vez pendiente de Djordjevic, no movió al equipo.

El Madrid era un lápiz sin afilar, pero al menos no sufría en su área, porque Lua Lua y Djordjevic, héroes en el Bernabéu, apenas incordiaron y Heinze se encargó del resto. A la hora de juego se conectó Sneijder y la lesión de Raúl Bravo abrió nuevas posibilidades a Robinho, que cambió de banda tras aburrirse en la izquierda.

Sólo la falta de puntería impidió redondear la faena, porque Nikopolidis sólo sacó un buen balón a Sneijder y una aparición a trompicones de Raúl. Ramos, solo tras un córner cabeceó fuera, Robinho no encontró a nadie en un pase atrás y un minuto más tarde cruzó demasiado cruzado. Apretaba la gente, quizá para ahuyentar el susto, pero las ansiadas contras no brotaban. Todos, Madrid incluido, reconocieron que no había otro remedio que el empate.

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El Mundo

Video: Real Madrid 4 - Olympiakos 2, o lo que es lo mismo, el show de Robinho.

Real Madrid 4 - Olympiakos 2

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Un Robinho maldito y genial acaparó todo lo bueno y lo malo que se puede esperar de una estrella del Madrid en un Bernabéu que aulló sus pifias y coreó sus lujos. Este futbolista loco, diferente, que presume de sus filigranas y no esconde sus fallos, guió a un turbio Madrid ante el Olympiacos, que con 10 jugadores dio varias lecciones de contragolpes y puso contra las cuerdas a Casillas, autor de una parada inigualable en el descuento (4-2).

La victoria despeja el camino de los octavos al Madrid y supone un golpe de confianza para el ciclotímico Robinho, que compareció ante la gente tras sus aireadas juergas en Rio de Janeiro. Nadie se marchó del estadio indiferente ante lo ofrecido por el ‘10′, que aparte de los goles forzó un penalti, dio una asistencia y se las compuso para elaborar el tempranero 1-0.

Pese al enésimo acierto de Raúl, pendiente de remachar lo que se le presenta, pronto se atisbó que la noche ofrecería emociones fuertes. El primero en verlo fue Djordjevic, motor y capitán de los griegos, autor de un notabilísimo partido, que dejó sentado a Salgado y sirvió el empate en bandeja a Galletti, siempre certero cuando se trata de hacer daño al Madrid.

A los 10 minutos se contaban dos goles, prólogo de lo que se avecinaba, un tremendo intercambio de bofetadas con un valiente campeón griego, capaz de superar también la expulsión de Torosidis. Enfrió el plato de Schuster con orden y una ciega fe en sus planes, con el congoleño Lua Lua como única referencia en punta.

El Madrid creó ocasiones. Otra cosa es que jugara demasiado bien. No acertó, aunque mereció una ventaja parcial antes del descanso. Marcelo, un nuevo puntal por la izquierda, marcaba el camino. Guti y Sneijder olisqueaban el peligro, pero nadie fue capaz de poner el pase de gol o el remate que encontrara la red.

Por entonces, el Bernabéu pitaba ya a Salgado y por momentos al equipo. Con justicia al lateral, lento y con innumerables problemas ante Djordjevic. Sin embargo, la actuación global no merecía tanta impaciencia, porque Van Nistelrooy en un cabezazo fallido, y luego Marcelo y Robinho, estrellados ante Nikopolidis, pudieron haber dado la ventaja.

Y fue en cambio Julio César, otro ex madridista, quien convirtió la noche, nada más salir de la caseta, en un tremendo avispero. El despiste general de la defensa en una falta lateral azuzó la ira de todos. Acusó el castigo el equipo y se le vio a la deriva, atado a cualquier contingencia y a la mala uva de Galletti y Lua Lua, que pudieron sentenciar.

Nada se oyó durante un buen rato sino bronca y pateo. Los malos controles de Robinho, las patadas de Metzelder y Salgado y la oscuridad de Sneijder y Guti, hacían temer lo peor. Entonces, cuando ya no quedaban alarmas por encender, sacó de la nada Robinho su repertorio de jueguecitos.

Se acabó el desencanto tras el cabezazo del ‘10′, rotundo, necesario, al lugar adecuado, sin saltar. Todo tras una creación de Guti y un gran centro de Ramos. Poco después con un torbellino de ‘bicicletas’ y un penalti estropeado por la precipitación de Van Nistelrooy.

Empujaba el Madrid con todo pese al error, reconciliado con su afición, enganchado de nuevo a Guti, pero expuesto también a los espacios que dejaba atrás, patrimonio de Galletti y Djordjevic. Nadie tenía tiempo de respirar cuando el Madrid hizo quizá su mejor jugada, con Guti, Van Nistelrooy y la puntera de Robinho de protagonistas. Parecía la noche de este loco ‘bajito’, pero Casillas, con una manopla imposible, le quitó un puñado de gloria. La que diferenció la victoria del empate.

El Mundo

Lazio 2 - Real Madrid 2

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El olfato goleador de Ruud Van Nistelrooy permitió al Real Madrid marcharse con un punto del Olímpico de Roma tras empatar 2-2 con la Lazio. En el minuto 8, ‘Van Gol’ marcó casi sin querer tras una falta lateral botada por Sneijder que acabó en las redes tras rebotar en la pierna de su compatriota. Pese a adelantarse, los blancos no encontraron en ningún momento la receta del buen juego y los italianos empezaron a crear problemas.

En el 29, Pandev falló delante de Casillas, pero dos minutos después acertó con un buen remate aprovechando un despiste de la zaga. La segunda parte no varió en exceso y sólo una pillería de Raúl permitió al Madrid ponerse de nuevo en ventaja. El capitán robó la cartera a la Lazio en el centro del campo y se la metió en profundidad para que Van Nistelrooy levantase el balón con clase por encima del veterano Ballotta. Con el partido aparentemente bajo control, Cannavaro pasó un balón comprometido a un Guti relajado y Makinwa aprovechó el despiste para ceder a Pandev, que volvió a batir a Casillas para poner las tablas definitivas en la ciudad eterna.

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Así queda la clasificación tras la disputa de dos jornadas de la fase previa. El Real Madrid podría hoy haber dado un golpe de autoridad ganando en Roma la Lazio pero no ha podido ser…

MARCA y El Mundo

Real Madrid 2 - Werden Bremen 1

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Hizo falta esperar un cuarto de hora para disfrutar, si no de un gran fútbol, sí de una ópera prima de ‘Champions’ más que digna. Y más de 90 minutos de interés certificar la primera victoria del Madrid en la competición de sus amores. El Werder Bremen no fue un invitado insulso. Hizo trabajar a los de Schuster y metió miedo con un espléndido jugador: Diego.

En la noche del estreno actuaron los más gloriosos goleadores europeos: Raúl González, que marcó de cabeza en el minuto 16, y Ruud Van Nistelrooy, que resolvió la cuestión en el 74. Dúo mortal.

El pésimo arranque del Bremen en su Bundesliga no se comprendió en el Bernabéu. Bien plantado, ganó balón y terreno en varias fases del partido y se topó en tres ocasiones con un excepcional Casillas. Su gol llegó inmediatamente después del de Raúl, por obra de un marfileño, Sanogo, hábil entre los centrales.

El Madrid inició su actuación cohibido, encogido. Casi paralizado. Sin la participación de Guti en la dirección y con serias lagunas de concentración en la zona de contención. Jugaba con una especie de ‘trivote’, con Higuaín en la punta, centrado.

La banda derecha se quedó por tanto entera para un Sergio Ramos que no tenía demasiadas oportunidades de transitarla a sus anchas. Debía cuidarse de los despliegues poderosos de Tosic.

A Fernando Gago, titular, le costó tomarle el pulso al partido y ganar a Baumann y, sobre todo, un Diego participativo en la creación pero activo también en el trabajo solidario. El argentino, sin embargo, con buena colocación siempre, terminó haciéndose con el sitio que recuperó en el Madrid por la ausencia del sancionado Diarra.

Los dos goles encadenados desataron la furia del ataque, de la casta y la clase. Se olvidaron todas las prevenciones y los dos equipos se lanzaron a la yugular del contrario con la guardia baja y las garras afiladas.

La pelea se interrumpió con el descanso, que llegó en el mejor momento del Madrid, aunque no los rentabilizara con goles.

Si en el primer tanto del partido fue Van Nistelrooy quien asistió a Raúl, en el último, el pase fue del madrileño, quien había recogido en la frontal del área alemana un gran pase vertical de Guti.

Pero hasta unos pocos minutos antes del 54º gol de ‘Van’ en la Liga de Campeones, el Bernabéu atravesó un sinvivir. Cuando Diego tocaba en el centro, protegía la pelota y encontraba el pase antes o después quedaba lanzada la amenaza a Casillas. Como casi siempre, el portero estuvo en su sitio en los momentos cruciales.

Del arreón final del Madrid, a velocidad punta, llegaron sus mejores ocasiones para sentenciar y el gol definitivo que daba paso al debut de Drenthe en la Champions con su nuevo equipo y el de Robben con la camiseta blanca.

Con el Bremen ya urgido por las prisas y con la referencia de su delantero más habitual, Almeida, en punta, Robben fabricó dos jugadas que pudieron dejar un recuerdo aún más imborrable de su estreno madridista, ante una afición excitada y al borde del éxtasis con su sola presencia.

El Mundo


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