Pablo Garces



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Robinho, los árabes y la ambición

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Artículo de John Carlin en el diario El País

robinhoRobinho de lo que no carece es de ambición. Esta semana declaró que su objetivo sigue siendo el mismo que cuando llegó al Real Madrid desde Brasil hace tres años: ser el mejor jugador del mundo. Bien, pero por más que haya muchos madridistas lamentándose de que se haya ido en verano al Manchester City (lo que quizá diga más del actual estado del Madrid que de Robinho), la duda con el brasileño sigue siendo la de siempre. Está lejos de demostrarse su capacidad de influir de manera determinante en un partido tras otro a lo largo de toda una temporada.

En ese sentido, el brasileño encaja con el Manchester City a la perfección.

El club sueña a lo grande desde que la familia real de Abu Dhabi compró el club y a Robinho (por similares cantidades) a principios de temporada. Pero sobre el campo no hay ninguna regularidad. El equipo -a mitad de tabla, no lejos de la zona de descenso- hace un gran partido en uno de cada siete encuentros, y en los demás desaparece. Es decir, como Robinho, que pasó su etapa madrileña alimentando enormes expectativas pero la sensación que dejaba era de hambre y frustración.

El que no encaja para nada con los nuevos dueños del club, pobre hombre, es el entrenador, y ex jugador del Barcelona, Mark Hughes. Su ambición no cuadra con la de los árabes; sus sueños no van más allá de conquistar el cuarto puesto de la Liga de aquí a un par de años. Mientras que los sueños de los árabes, como los de Robinho, apuntan a lo más alto; a convertir al City en un club más grande y más exitoso no sólo que el vecino United, sino también que el Real Madrid, el Barcelona o el Milan.

A Hughes le queda grande todo esto. Y en el fondo lo debe de reconocer. Es un poco como el caso de Ramón Calderón, que nunca se ha acabado de creer que tiene madera para ser presidente del Real Madrid. En Estados Unidos esto se llama el síndrome del impostor. Hughes sabe, en su corazón, que no nació para un destino tan grandioso como al que aspiran sus jefes, los hombres más ricos del mundo.

Uno de ellos, Sulaiman Al-Fahim, el que se encargó de las compras del City y de Robinho, declaró de manera algo ominosa la semana pasada que tenía una visión “algo diferente” a la de Hughes. El entrenador había revelado su intención de intentar fichar en el mercado de invierno al delantero del Blackburn Roque Santa Cruz, al lateral izquierdo suplente del Chelsea, Wayne Bridge, y a Lassana Diarra, del Portsmouth. El plan de Al-Fahim es fichar a Cristiano Ronaldo, Fernando Torres y Cesc Fàbregas. Cuesten lo que cuesten, le da igual.

Lo mismo en el caso del entrenador. La noticia que se filtró hace diez días sobre el posible sustituto de Hughes tenía una cierta, alocada credibilidad. Se dijo que los árabes del City querían convencer a José Mourinho para que dejara el Inter de Milán a cambio del sueldo más grande de la historia del fútbol, 18 millones de euros.

Está claro. Hughes no acabará la temporada en el City. El peligro que los árabes, más ricos que prudentes, quizá no hayan detectado es que, si traen a Mourinho, puede que Robinho siga a Hughes por la puerta de atrás. Al portugués no le gustan las estrellas fugaces. Hasta ahora el brasileño no ha sido más.

Robinho necesitaba amor

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A continuación, un excelente reportaje de la BBC de Vladimir Hernández

La relación entre la grada y la cancha es una que marca a algunas estirpes de futbolistas. Hay una escena en la película Gladiador, de Ridley Scott, donde se explica esta dependencia. La protagonizan Próximo, el mercader de esclavos, y Máximo, el general romano caído en desgracia que se convierte en gladiador.

Luego de varios combates en los que Máximo se deshace -literalmente- de sus contrincantes con facilidad, la grada empieza a mostrarse insatisfecha. Próximo se lo explica todo el romano, con una frase más o menos así: “No basta con matarlos a todos, tienes que darles entretenimiento para que te quieran”.

Esta necesidad de amor de las gradas quizás define lo que puede hacer Robinho en la cancha.

Robinho llegó a Europa en 2005, nada menos que al Real Madrid. Era el enésimo “sucesor de Pelé” que lanzaba el fútbol brasileño.

El delantero venía del Santos, con el cual hizo maravillas desde comienzos 2002, lo que coronó antes de irse al Viejo Continente con un premio Balón de Oro.

A Robinho lo empezaban a calificar de ser como un triatlón: “corre, hace bicicleta y nada”, decían algunos. Pero el entusiasmo merengue pasó de absoluta emoción a decepción con el tiempo, pues el brasileño que fue vendido como un Mesías por la gerencia blanca no era la solución para resolver la crisis que atravesaba el club en la era “post-galáctica”.

La gota que derramó el vaso para Robinho fue cuando su nombre apareció como ficha de canje para traer a Madrid a Cristiano Ronaldo desde el Manchester United.

Ello marcó el adiós del brasileño del Santiago Bernabeu, durante unas turbulentas semanas de fin de verano en donde el delantero terminó en el destino menos esperado de todos: Manchester, pero para jugar con el “otro” club de la ciudad, el Manchester City.

No pocas cejas se levantaron cuando se supo que Robinho dejaba el Real Madrid por un equipo de mitad de tabla de la liga Premier.

El club merengue jugaba la Champions, el City la Copa UEFA. El Madrid pelearía por el título, el Man City por ser el quinto mejor, si acaso.

Sólo que por primera vez en mucho tiempo se puede apreciar ahora al Robinho que define partidos con la selección de Brasil en un equipo donde no tiene tanta presión.

Este último fin de semana el brasileño anotó su primer “hat-trick” de la campaña, en una mezcla de jugada individual y combinación con sus compañeros.

El brasileño no trae precisamente fama de ser jugador de equipo, por lo que sorprendió verlo puliéndole la bota al compañero que le había dado el pase para su tercer gol.

En la victoria 3-0 del domingo ante Stoke City, el Manchester disparó 11 veces a puerta, más que cualquier otro conjunto de la Premier. En eso influyó mucho Robinho.

El atacante ahora está escuchando el apoyo que tuvo mucho tiempo sin oír en Madrid. Y cuando él está feliz, ¿quién lo detiene?

Vladimir Hernández
BBC

Robinho, Maradona y el Amor

robinhoTambién le quisieron con locura en el Real Madrid, al principio. Decían en Brasil que era mejor que el mejor Ronaldinho, y el Santiago Bernabéu se lo creyó. Pero las defensas empezaron a cogerle el truco y a veces el menudo brasileño daba la sensación de ser un prodigio de ocho años jugando en un partido de papás. Más talento que nadie pero un empujoncito, y adiós.

Se puso más fuerte, se cayó menos y ganó dos Ligas, pero en el Madrid nunca dejó de ser uno más. Llegaron incluso a ningunearle, desde la propia cúpula del club. Como si no hubieran entendido que, para rendir a su máximo nivel, Robinho necesita mucho amor; requiere, como ocurrió en el Santos de Brasil, que se le considere el indiscutido crack. Es todo eso, y más, en su nuevo equipo, el Manchester City.

Ídolo fuera del campo y líder dentro de él, Robinho fue Maradona el domingo pasado en la victoria 6 a 0 del City contra el Portsmouth en la Premier League. Marcaba, daba asistencias de gol, hacía virguerías dentro del área rival y dirigía el tráfico, con deliciosa soltura, en todos lados, todo el tiempo. Su entrenador, Mark Hughes, lo quitó unos minutos antes del final para que la afición del City le diera la ovación más grande desde tiempos de Francis Lee y Colin Bell, los míticos que llevaron al club a su último campeonato, en 1968.

¿Se arrepentirá el Madrid de haberlo dejado ir, aunque haya sido por la apetecible suma de 40 millones de euros pagados al contado por los nuevos dueños árabes del City?

Habrá que ver, primero, si mantiene el nivel. Si el derroche de amor que recibirá del estadio de Eastlands, infinitamente más sediento de talento que el Bernabéu, le dará alas para demostrar lo mejor de sí a lo largo de toda la temporada. La prueba llegará en los partidos fuera de casa, en Bolton y Sunderland, en el frío, el viento, y la lluvia de diciembre, enero y febrero.

Un incentivo que no tuvo en el Madrid, donde no fue ni de cerca el jugador mejor pagado de la plantilla, es que el jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan le ha convertido en el futbolista mejor pagado del mundo. Hasta ahora, los demás jugadores de la plantilla parecen no resentirlo. Se los ganó, según Hughes, antes del primer partido de la temporada cuando les montó un circo con el balón en el vestuario. Todos aplaudieron. Y después han visto sobre el campo cómo Robinho les gana partidos y les hace jugar mejor.

Por ahora, es el ídolo de sus compañeros también. Así es como le gusta a Robinho. Si la cosa sigue igual a finales de temporada, si el City logra romper el dominio en la Premier League de sus vecinos del United, del Chelsea, del Arsenal y del Liverpool, esos 40 millones representarán una de las mejores inversiones de la historia del fútbol. Y en Madrid habrá muchos que se lamentarán. El consuelo que les quedaría, en ese caso, consistiría en tener la madurez de reconocer que a veces en el fútbol es necesario el traspaso de un jugador, por más brillante que sea, por el bien de él mismo, por el club que abandona, y por todos.

John Carlin
El País

Manchester no es Madrid

robinho, manchester city

robinhoEl gris plomizo de Manchester es antagónico con la filosofía de vida de un brasileño. Las fiestas en el jardín de La Moraleja, el sol, la piscina, la samba, las escapadas nocturnas a las discotecas de moda de Madrid.

Todo esto pasa a mejor vida cuando uno elige como destino para vivir la ciudad de referencia del condado de Lancashire. Así es la nueva vida de Robinho. O’Príncipe empieza a darse cuenta de algunos daños colaterales que van unidos irremediablemente a su huida madrileña en busca de los petrodólares del City.

Robinho pasa las horas enclaustrado en su hotel. Hasta allí llego y pido su número de habitación en recepción, pero no hace falta. Aparece por el hall y con el dedo índice ya me avanza su negativa a realizar cualquier tipo de reportaje.

Se le ve diferente que en Madrid. Aunque en ningún momento rehuye el diálogo. Mira por los colosales ventanales del Hilton, parece buscar un rayo de sol que le alimenta su alma brasileña, pero nada.

Allí sólo pasan nubes y agua abundante que hace que el canal Bridgewater rebose cerca de la estación de Deansgate, en la acera opuesta del hotel. El brasileño apenas lleva diez días en Manchester, pues ha estado otros tantos con la canarinha, por lo que la adaptación no ha hecho nada más que comenzar.

robinhoPara colmo de sus males, su residencia se encuentra sitiada de policías por la convención del partido laborista inglés y los fotógrafos están apostados en cada esquina. Dar un paso fuera del hotel es una invitación a dar carnaza demasiado fácil para la terrible prensa amarilla inglesa.

Robinho tiene en su compatriota Elano a su cicerone en su aterrizaje en la Mancunia. Él es el encargado de recogerle en el hotel y acercarle hasta la localidad de Carrington. Pueblo donde se da la circunstancia que se ejercitan los dos equipos de la ciudad. Media hora en coche para llegar a unas instalaciones que muchos dirían que son más parecidas a un cuartel militar que a una zona verde. Allí, pasa el día, almuerza con sus compañeros y, después, rumbo al hotel. “Tengo la suerte de que aquí hay dos buenos amigos brasileños. Están muy encima de todo lo que hago y me dejan poco tiempo para aburrirme”, afirma con sinceridad Robinho.

Mientras, el resto del grupo parece algo fascinado por el boom que ha supuesto su llegada. El City ha pasado a ocupar todos los días minutos en todas las cadenas de radio y televisión.

Los tabloides le reservan una página para especular sobre el futuro del equipo y la sensación brasileña. “Por ahora se relaciona más con los brasileños, más por el idioma que por otra cosa. Va con ellos a todos los lados y con los demás se le ve bastante callado”, afirma el ex atlético Petrov, uno de sus nuevos compañeros en el City.

Pero todo ese ambiente industrial se queda a un lado cuando se pone el traje de futbolista. Es pisar el césped y la alegría se desborda. Así, en apenas un par de apariciones en la Premier, Robinho ya ha marcado dos goles y sus bicicletas empiezan a cambiar el sino de un equipo que no está acostumbrado a las alegrías.

Se ha ganado la admiración de su mánager, Mark Hughes, que no para de vanagloriar su juego y sus ganas de entrenarse. “Tiene una rutina de trabajo perfecta. Desde su llegada todo ha mejorado. Nos da alternativas y estoy seguro de que vamos a conseguir cosas importantes”, dice Hughes.

Pero cuando se apagan los focos y Robinho se monta en el coche de Elano ya no sale del Bernabéu rumbo a sus locales favoritos. La lluvia golpea con virulencia los cristales del coche. No era un sueño. Eso ya no es Madrid, está en Manchester.

Pepe García Capintero
Público

Robinho, acorralado

robinhoRobinho es el jugador con más talento de la plantilla del Madrid. En la cancha, esto le convierte en el más impredecible. Fuera del campo, sin embargo, su destino resultó evidente. Orillado por el núcleo duro del vestuario, que vio en él al vicario de Ronaldo, y por los directivos, que le relacionan con la herencia de Florentino Pérez, el hombre nunca se sintió completamente partícipe de las últimas dos Ligas a pesar de haber cumplido un papel fundamental en cada una de ellas. Cuando hace un mes el Chelsea le ofreció cuadriplicar su contrato -en el Madrid gana 1,7 millones de euros- no lo dudó. Resolvió hacer todo lo posible por marcharse. Ése es su objetivo primordial en estos días. No le falta originalidad. Es, junto con Makelele, el único futbolista que ha pedido dejar el Madrid en la última década. Igual que Makelele, se siente mal pagado.

Robinho sólo jugó la ida de la Supercopa. Desde que empezó la pretemporada, se ha mostrado desganado. Poco interesado en permanecer en el club. Ha evitado los entrenamientos tanto como los partidos. Se ha sentido molesto en la medida en que el Madrid nunca le valoró tanto como cuando vislumbró que su traspaso podía servir de llave para el fichaje de Cristiano Ronaldo. Sus compañeros más representativos -Raúl y Casillas-, lejos de mostrarse comprensivos, se han apresurado a acusarle de falta de profesionalidad.

La consecuencia es que el Madrid ha retratado a su principal figura como a un tipo fatuo y codicioso, cuando lo cierto es que ocupa un lugar más bien marginal en la escala salarial y posee una capacidad poco común de análisis del juego. Robinho cree que ni sus compañeros, ni los directivos, valoran su esfuerzo. En las tres temporadas que lleva en el club ha sido el tercer máximo goleador sin jugar regularmente. El mercado avala su potencial. Es el único jugador de la plantilla por el que hay una oferta de compra.

Diego Torres, en El País

Este maravilloso artículo lo escribió uno de los mejores periodistas de El País, el diario más leído de España. Ramón Calderón y su equipo se han salido con la suya, este año el Real Madrid no disfrutará de Robinho ni estará ahí para hacer de un partido normal un partido explosivo.

Robinho, 37 millones en vilo…

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Robinho ha recibido hoy tres malas noticias. Se le acumulan al brasileño en la boca del estómago. Seguro que ha torcido el gesto al conocer que el mercado de fichajes no se cerrará el domingo, sino el lunes por la noche. Un día más de agonía, habrá pensado. Así es como se siente en los últimos días, inmerso en una angustia que no tiene fin. Su venta al Chelsea está decidida, incluso apalabrada. Era cuestión de horas tras la última oferta de Abramovich. Los 37 millones de euros que el magnate ruso pone encima de la mesa cumplen las expectativas de Ramón Calderón. El presidente hace tiempo que perdió la esperanza de retener a Robinho, y no le ha quedado más remedio que aceptar.

Con la negociación cerrada, a Robinho no le queda otra que esperar. Y esa espera ha tenido un ‘culpable’ hasta el día de hoy: David Villa. El Real Madrid decidió dejar en la despensa los 37 millones de Abramovich hasta cerrar el fichaje del ‘Guaje’. Pero ya conocen el desenlace. Tercer fichaje fallido de la pretemporada para la dupla Calderón-Mijatovic, y segundo disgusto consecutivo para Robinho. ¿Quién será el siguiente en hacer esperar al brasileño?

Entretanto, la tensión crece por momentos. Con el acuerdo apalabrado, es inevitable que el Chelsea pierda la paciencia. Y la está perdiendo. De ahí que Peter Kenyon meta prisa al Real Madrid con declaraciones (hoy lo ha hecho en ‘Sky Sports’), y que la prensa británica hable del interés por Luis Fabiano como alternativa a Robinho. Fuegos de artificio. La única realidad es que Robinho se quiere marchar y que el Real Madrid se queda sin tiempo para amortiguar el golpe. Hasta que la situación se desbloquee, a Robinho no le queda más remedio que poner cara de póker. Lo hizo el domingo en la Supercopa y lo ha vuelto a hacer esta mañana al verse en la lista de convocados para el Trofeo Bernabéu. Ha sido su tercer disgusto del día. Según el director ejecutivo del Chelsea, le quedan 48 horas de agonía. ¿Serán suficientes para Ramón Calderón?

Jaime Collazos
MARCA

Robinho ha enajenado al Madrid

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Robinho ha conseguido su propósito: ha ganado la batalla al club, provocando un desagradable estado de enajenación colectiva. En los despachos se ve de todo. Desde la postura firme de Schuster de retenerlo y devolverle la felicidad, hasta la urgente búsqueda de un refuerzo de perfil bajo, aunque su precio real supere los veinticinco millones de euros (impuestos incluidos). Sería el caso de Cazorla, una vez descartados otros nombres que se pusieron sobre la mesa de emergencias el pasado lunes, como fueron Capel y Huntelaar.

En realidad este desconcierto por el ‘terremoto Robinho’ se resolvería de un plumazo si el Valencia aceptara la oferta de Calderón por Villa. Sería el fichaje ideal, según criterio de la dirección del club. Lo demás son apaños que salen por un ojo de la cara y recuerdan a contrataciones precipitadas de otras épocas, que además enfrentan innecesariamente al Madrid con clubes españoles. Alguien debería gestionar la crisis de Robinho con firmeza. El presidente debe imponer la cordura y ser fiel a su proyecto.

Pedro Pablo San Martín
Diario AS


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