Manchester no es Madrid
Archivado en Columnistas, Manchester City el 23 de Septiembre, 2008 |
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El gris plomizo de Manchester es antagónico con la filosofía de vida de un brasileño. Las fiestas en el jardín de La Moraleja, el sol, la piscina, la samba, las escapadas nocturnas a las discotecas de moda de Madrid.
Todo esto pasa a mejor vida cuando uno elige como destino para vivir la ciudad de referencia del condado de Lancashire. Así es la nueva vida de Robinho. O’Príncipe empieza a darse cuenta de algunos daños colaterales que van unidos irremediablemente a su huida madrileña en busca de los petrodólares del City.
Robinho pasa las horas enclaustrado en su hotel. Hasta allí llego y pido su número de habitación en recepción, pero no hace falta. Aparece por el hall y con el dedo índice ya me avanza su negativa a realizar cualquier tipo de reportaje.
Se le ve diferente que en Madrid. Aunque en ningún momento rehuye el diálogo. Mira por los colosales ventanales del Hilton, parece buscar un rayo de sol que le alimenta su alma brasileña, pero nada.
Allí sólo pasan nubes y agua abundante que hace que el canal Bridgewater rebose cerca de la estación de Deansgate, en la acera opuesta del hotel. El brasileño apenas lleva diez días en Manchester, pues ha estado otros tantos con la canarinha, por lo que la adaptación no ha hecho nada más que comenzar.
Para colmo de sus males, su residencia se encuentra sitiada de policías por la convención del partido laborista inglés y los fotógrafos están apostados en cada esquina. Dar un paso fuera del hotel es una invitación a dar carnaza demasiado fácil para la terrible prensa amarilla inglesa.
Robinho tiene en su compatriota Elano a su cicerone en su aterrizaje en la Mancunia. Él es el encargado de recogerle en el hotel y acercarle hasta la localidad de Carrington. Pueblo donde se da la circunstancia que se ejercitan los dos equipos de la ciudad. Media hora en coche para llegar a unas instalaciones que muchos dirían que son más parecidas a un cuartel militar que a una zona verde. Allí, pasa el día, almuerza con sus compañeros y, después, rumbo al hotel. “Tengo la suerte de que aquí hay dos buenos amigos brasileños. Están muy encima de todo lo que hago y me dejan poco tiempo para aburrirme”, afirma con sinceridad Robinho.
Mientras, el resto del grupo parece algo fascinado por el boom que ha supuesto su llegada. El City ha pasado a ocupar todos los días minutos en todas las cadenas de radio y televisión.
Los tabloides le reservan una página para especular sobre el futuro del equipo y la sensación brasileña. “Por ahora se relaciona más con los brasileños, más por el idioma que por otra cosa. Va con ellos a todos los lados y con los demás se le ve bastante callado”, afirma el ex atlético Petrov, uno de sus nuevos compañeros en el City.
Pero todo ese ambiente industrial se queda a un lado cuando se pone el traje de futbolista. Es pisar el césped y la alegría se desborda. Así, en apenas un par de apariciones en la Premier, Robinho ya ha marcado dos goles y sus bicicletas empiezan a cambiar el sino de un equipo que no está acostumbrado a las alegrías.
Se ha ganado la admiración de su mánager, Mark Hughes, que no para de vanagloriar su juego y sus ganas de entrenarse. “Tiene una rutina de trabajo perfecta. Desde su llegada todo ha mejorado. Nos da alternativas y estoy seguro de que vamos a conseguir cosas importantes”, dice Hughes.
Pero cuando se apagan los focos y Robinho se monta en el coche de Elano ya no sale del Bernabéu rumbo a sus locales favoritos. La lluvia golpea con virulencia los cristales del coche. No era un sueño. Eso ya no es Madrid, está en Manchester.
Pepe García Capintero
Público
















